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Una bella locura en el Buesa

Diamantidis cogió el balón en el último momento, buscó el triple para ganar y tras las décimas de segundo más largas que se recuerdan en el Buesa desde hace mucho tiempo, el mago griego falló. El éxtasis se desató en el pabellón vitoriano, lleno de feligreses que padecieron como nunca frente al Panathinaikos, un equipo que no gana allí desde el año 2002. [Estadísticas: 79-77]

Fue un combate de boxeo puro y duro, intenso, frenético, maravilloso… Apareció un Baskonia portentoso en la primera mitad, que dejó paso a un PAO rocoso y aniquilador, se vieron otras dos gotas de lo primero, otras dos de lo segundo y acabó siendo una batalla decidida en detalles nimios en los últimos segundos. Baloncesto puro, para hacer afición. Porque la crisis de este deporte, además de ser económica, es casi filosófica, culpa de una tendencia hacia la racanería. Lo vivido en el Buesa fue todo lo contrario, una oda al espectáculo más genuino de la canasta.

El primer acto, por ejemplo, fue un festival de triples coral. Hasta diez se vieron entre los dos equipos, cinco de ellos de un San Emeterio desatado, reivindicándose ante las dudas que no deja de suscitar y que posteriormente en el partido alimentaría. Para el Laboral Kutxa resultó un juego de niños el tránsito por los diez primeros minutos. No hubo defensa alguna del equipo de Pedoulakis. La cancha era puramente azulgrana. Entraban de todos los colores, en la pintura o desde el triple. 34 puntos anotaron los locales. Una barbaridad.

Esa tónica continuó en el segundo acto, con el Panathinaikos incapaz de frenar un ímpetu vigoroso de su, a priori, inferior rival. El acierto en los triples llegó a ser del 90% (9 de 10) de los baskonistas en los 15 minutos iniciales. A Pedoulakis se le llevaban los demonios, puesto que sólo Diamantidis, beato de la Santa Iglesia de la Canasta, se enteraba de la película. A la enésima bronca, el resto de jugadores griegos reaccionaron y se pusieron manos a la obra, aunque para entonces habían perdido 17 minutos (55-37).

Con una defensa dura, que desconectó a los pivots locales de las jugadas de ataque, el PAO logró frenar la sangría que había padecido hasta encadenar un parcial de 2-22 que mediado el tercer cuarto le dio su primera y última ventaja del partido (57-58). Fueron unos minutos insoportables para el Laboral Kutxa, con Hamilton totalmente anulado por los postes griegos y una carrusel de pérdidas absurdas.

Cuando la cuesta abajo parecía inevitable, dos temporeros, Kaukenas y Kelati, sacaron al Baskonia del embrollo en el que se había sumergido. Tiene especial mérito lo del lituano, en su último partido como jugador del Laboral Kutxa. Un parcial de 6-0 en el inicio último cuarto pareció sentenciar el partido (73-65), pero se repitió en formato reducido el guion general del choque y el PAO respondió con un 0-7 de la mano de un Diamantidis que le metió de lleno en el barro una vez (76-74).

El Panathinaikos se empezó a poner nervioso, presionado por una grada desatada y volcada con su equipo, como en las grandes ocasiones. La dureza que se había quedado impune tras el intermedio fue castigada ahora por unos árbitros imprecisos y dubitativos hasta en las jugadas más claras.

A falta de 44 segundos, Bjelica metió dos tiros libres. Respondió Fotsis con un triple desde la esquina que subió la temperatura al máximo (79-77). Heurtel, que es Heurtel para lo bueno y lo malo, se metió hasta la cocina pero su bandeja hizo la corbata y se salió. El balón en el contraataque llegó a Diamantidis, que pareció infalible durante todo el encuentro. Defendió bien el Baskonia y el base falló. Fue el fin de esta bella locura.

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