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Trudeau y Sánchez: Dos hombres y un estilo

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, saluda al primer ministro...

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, saluda al primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, a su llegada a Montreal BallesterosEFE

Pedro Sánchez se encuentra con quien, aparte de Emmanuel Macron, puede ser su modelo, al menos en términos de imagen: el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau. Y lo hace en el lugar que, para parte del nacionalismo catalán y vasco, es uno de los modelos que imitar: Quebec, la provincia mayoritariamente francófona en un país anglófono.

Más simbolismos: el encuentro se produce cuando faltan 8 días para que Quebec celebre elecciones provinciales. Serán justo el 1 de octubre, una fecha que en materia de nacionalismo en España tiene un significado evidente. Aunque, en este punto, las similitudes acaban ahí. En los comicios, el principal grupo favorable a la autodeterminación, el Partido Quebequés, continúa un declive electoral de dos décadas, y apenas tiene el 15% de la intención de voto. No sólo es notable la decadencia de esa formación, que dominó la vida política del territorio durante décadas. También lo es el hecho de que, en Quebec, incluso los votantes nacionalistas no quieren la autodeterminación. Es más: la idea de independencia se ha quedado para los votantes de más edad. Los jóvenes no quieren romper con Canadá.

La provincia francófona no es, sin embargo, ajena al colapso de la vieja política que se está dando en todo Occidente. En los comicios, el favorito es un partido de centro-derecha, la Coalición por el Futuro de Quebec, que apenas tiene diez años, seguido del Partido Liberal de Quebec, que es quien ostenta el poder. Entre los independentistas también hay un nuevo actor: el Partido Solidario, de izquierda antiglobalista y alternativa, que amenaza con relegar al Partido Quebequés al cuarto puesto.

Claro que no hay mejor exponente de la nueva política -o de la nueva imagen de la política- que Justin Trudeau. El primer ministro canadiense se ha labrado una imagen de joven y dinámico, exactamente lo contrario que su vecino del sur, Donald Trump, aunque, paradójicamente, empleando las mismas armas que el estadounidense: las redes sociales. La diferencia es que el primero las emplea para demostrar que es guay; el segundo para cabrear a sus adversarios. Trudeau y Trump simbolizan algo que parece marcar la política del siglo XXI y que, para un presidente del Gobierno con 84 diputados también tiene lógica: estar en campaña de manera permanente.

Por ahora, a los dos les está funcionando. Aunque, con semejante diferencia en los fines – que no en los medios -, es comprensible que la relación personal entre ambos sea pésima, pese a las fotos en las que la hija y consejera del estadounidense, Ivanka, aparecía extasiada ante el perfil del canadiense durante la visita oficial que éste realizó a Washington en febrero de 2017.

Trudeau, que ejerce la jefatura del Gobierno desde hace casi tres años, es un maestro en los golpes de efecto. Hemos visto a Trudeau paseando tórax de manera “inadvertida” en una boda en la que él no sabía que se estaba metiendo. Le hemos visto remando en canoa hasta una casa en la que fue invitado a desayunar. Le hemos visto, en televisión, empujando a un diputado de la oposición y luego, caballerosamente, pidiendo disculpas. Hasta le hemos visto arrancándose a bailar estilo Bollywood en una visita a India, aunque ésa fue una ocurrencia que no todos los ciudadanos del país asiático encontraron graciosa.

Más allá de los golpes de efecto, Trudeau y Sánchez también comparten ideario. El canadiense felicitó al español en julio por la presencia de mujeres en el nuevo gabinete. El tratado de libre comercio entre la UE y Canadá firmado en 2016 tiene capítulos que encajan en la agenda del presidente español, como protección de los derechos laborales y del medio ambiente (otra cosa es que Trudeau, en su propio país, esté claramente del lado de las petroleras). Trudeau y Sánchez coinciden en el estilo. Y, al menos en apariencia, ern la sustancia. Acaso lo contrario de lo que pasa entre la situación de los movimientos nacionalistas en Quebec y en Cataluña

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