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Rusia y Ucrania llegan a un acuerdo sobre el gas de 3.650 millones de euros

Tras un maratón de siete rondas de negociación, y con un agónico sprint final de 30 horas frenéticas, Rusia y Ucrania llegaron ayer por la noche en Bruselas a un acuerdo para reanudar el suministro de gas de este invierno. Al borde de las 23.00, el ministro de Energía ruso, Alexander Novak, y su homólogo ucraniano, Yuri Prodan, comparecieron en la sede de la Comisión Europea junto al presidente saliente, José Manuel Durao Barroso, y el comisario de Energía, Günther Oettinger, con un contrato firmado bajo el brazo por valor de 3.650 millones de euros.

En realidad, con dos. Por un lado, el que cierra las condiciones para que Moscú abra el grifo y reanude el suministro de gas hacia el Oeste por lo menos hasta marzo de 2015. Por otro, el documento rubricado por el consejero delegado de Gazprom, Alexei Miller, y el Naftogaz, Andriy Kobolev, las dos grandes empresas afectadas, con una adenda al acuerdo vigente desde 2009 llena de “detalles técnicos”.

Decía Lord Parlmeston que Inglaterra no tenía ni amigos ni enemigos permanentes, sino intereses permanentes. En el caso de Rusia es diferente. Sí tiene enemigos permanentes, pero sobre todo un aliado fiel: el invierno. El gas que llega de su territorio es vital no sólo para Ucrania, que estos días nota ya las privaciones, con una importante cantidad de hogares sin calefacción y temperaturas bajo cero. Sino también para la UE, mediadora forzada y forzosa en este ‘déjà vu’, pues casi un tercio del gas necesario para las familias y las empresas europeas llega de Gazprom, y de éste, aproximadamente la mitad entra a través de Ucrania.

Rusia, principal vencedora

Es por ello que Rusia sale como la principal vencedora. Antes de enviar un centímetro cúbico de gas, Ucrania saldará buena parte de las deudas pendientes que desembocaron en un corte de suministro en junio. Y después, pagará el precio fijado por Moscú y por adelantado para el nuevo suministro. “Ya no hay razón para que los ciudadanos de Europa pasen frío este invierno”, se congratuló Durao Barroso en su último acto como presidente de la Comisión

En concreto, y según explicó Oettinger, Kiev “pagará antes del final de año en torno a 3.100 millones de dólares adeudados por las compras de gas del periodo que va de noviembre de 2013 a junio de 2014″. El abono se hará de forma fraccionada: 1.450 millones esta misma semana y 1.650 millones más antes del 31 de diciembre, aceptando caso palabra por palabra una de las líneas rojas rusas. El monto de la deuda se hace a partir de un cálculo de 268,5 dólares por cada 1.000 metros cúbicos, pero la cuantía exacta la fijará el arbitraje encargado a un instituto especializado de la Cámara de Comercio de Suecia.

Como prácticamente ya habían cerrado Putin y Poroshenko en Milán este mismo mes, a partir de ahora, y hasta marzo, Kiev pagará algo menos de 385 dólares por cada 1.000 metros cúbicos de gas, según una compleja fórmula, y sujeto a un posible descuento en las tarifas aduaneras. Para una cantidad total hasta marzo, prevé el Gobierno de Poroshenko, de en torno a 1.500 millones de dólares.

Como reconoció, serio, el ministro Prodan, no hay margen para la confianza y la buena voluntad. “El suministro se reanudará cuando hagamos el primer desembolso y a partir de entonces, y previo pago por adelantado mensual”. Oettinger reconoció que han sido unas “negociaciones muy duras, pero también muy profesionales”, pero la prisa por las bajas temperaturas ha debilitado la de por sí frágil posición ucraniana.

Barroso y Oettinger explicaron que la UE no ofrecerá ningún tipo de garantía concreta, pues con las líneas de liquidez proporcionadas por el Fondo Monetario, los recursos propios presupuestarios de Ucrania y los ingresos generados por Naftogaz será suficiente. Pero al mismo tiempo Bruselas habla en los documentos de “niveles sin precedentes de ayuda por parte de la UE que serán desembolsados en el momento oportuno”. Siempre y cuando Kiev siga adelante con el paquete de reformas prometidas y haga una limpia en los subsidios energéticos que no gustan ni en Bruselas ni en Washington.

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