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Lo que come un tumor (I)

Querido J:

Estoy en Granada, dedicado al análisis de graves asuntos de nuestra actualidad. Pero hay que comer. El profesor Jesús Barquín, que es mi anfitrión, otea el panorama, incluso lo husmea, y concluye que sólo hay un lugar en la ciudad que puede acogernos.

- Vamos al FM.

Barquín no es un hombre corriente. Es la mitad del Equipo Navazos, y yo me iría a vivir a cualquiera de sus botas, en especial a la 41 de su Palo Cortado. Pero la buena vida, para él, es también el estudio, la lectura y la meditación. La mayor parte de los bon vivants que conozco pasa la vida entre grandes orgías gastroalcohólicas y siestas redondas, semimortales. Durante la primera edad aún les alcanzan, para la conversación, las gracias de la edad, el eco de primeras lecturas, alguna anécdota nueva y maliciosa. Pero a medida que envejecen sólo gozan de comidas, confundidos en mil duermevelas y recuerdos de otras comidas. Ya no hacen gozar a los otros: su conversación es una resaca. Barquín, por el contrario, es del tipo Jean-François Revel cantado por Bola de Nieve: consiensia y corasón. Y es, en estos coloquios, como hemos llegado al FM, situado en un arrabal, arrabal él mismo, mortecino y hojalata. Apenas hay mesas, pero quedan más o menos dos lugares, donde la barra y la puerta hacen rinconada con la ayuda de un hombre adusto y tristón que bebe un refresco. Es justo este hombre el que esperábamos encontrar allí y el que hace un agradable gesto de asentimiento cuando Barquín lo descubre, lo saluda y camina hacia él.

- Te presento a Raimundo García del Moral.

Lo saludé, pero me quedé unos segundos como extrañado, mirándole. Lo advirtió.

- Esperabas encontrar 120 kilos, eh?

Exacto, eso era. El gran gourmet andaluz, arrollador, todo masa y pasión, que había escrito en este diario donde te echo las cartas, y que llevaba años, al menos a mis ojos, engullido. Aquel portento de la naturaleza, sea dicho en muchos sentidos, pero, sobre todo, en el que lo hizo extraña y placentera víctima de una de las mejores enfermedades que pueden padecerse, la del síndrome del gourmand. Aunque empezamos mal. Si Raimundo padeció alguna enfermedad no fue la del gourmand, sino la del gourmet. Hay una amplia discusión en torno de los bordes concomitantes de las dos palabras. El gourmand es ávido, pero indiferente. Puede que Raimundo fuera ávido, pero sabía siempre lo que se metía en la boca. Es muy importante que los hombres sepan lo que se meten en la boca. Raimundo, médico, patólogo, fue en otra vida corredor de maratón. Un tipo fibroso, y obsesivo sólo con el camino que tenía por delante. Un hombre mecánico y sufridor, incomunicable. Un día entró en una librería y compró una guía Michelin. Entró corriendo y salió andando. Este es un momento clave para tu legendario afán de interrogancia. ¿Por qué hizo eso? ¿Hay alguien que pueda responder? No oigo a nadie. Ni el público, ni Barquín, que acaba de pedir un plato de cigalas de Motril, ni Raimundo. En un tiempo pensé que el porqué no es una pregunta periodística. Hoy sé que el porqué es simplemente una nopregunta. Lo máximo que puede hacerse con ella es acumular materiales: qués, cómos, básicamente; y esperar la destilación con calma. Raimundo empezó a comprar michelines, ¡y a criarlos!, a viajar por los grandes restaurantes, cada vez más angustiado al comprobar que su sueldo de patólogo no le daba. Fue entonces cuando decidió convertirse en crítico gastronómico porque alguien había de pagar las cuentas. Aplicó la ciencia a su pasión, que es lo que ha de hacer cualquier hombre entero; deslumbró. Poco después, en una pausa, empezó a dolerle la cabeza. Le descubrieron un tumor cerebral de notable tamaño, que había que operar y radiar. Se sometió.

Raimundo aplicó la ciencia a su pasión, que es lo que ha de hacer cualquier hombre entero

Llegan las cigalas de Motril. Antes han pasado unas gambas rojas de Garrucha. Y unos salmonetes, todos hermanos de leche. Y antes puntillitas, apenas planchadas. No puedo ni quiero ir más allá de la enunciación. El metaforeo atroz es para los que no comen. Pero en este caso de las puntillas debo decir que la cocción aplicada a los animalitos es exactamente la que las palabras deben aplicar a las ideas: una transparencia ahumada. Las cigalas miden medio metro. Su carne es fruta blanca: entre el lichi y la pera de Puigcerdà. El FM, del señor Paco Martín y la señora Rosa Macías, es el mejor bar de España. Y yo conozco el Alhucemas de Sanlúcar la Mayor.

Raimundo observa mis excesos, especialmente los de la palabrería, con una cara neutra de jugador. Ni caritativa ni sabihonda: neutra. Desde que empezó el pase he dejado de fijarme en él pero ahora, mientras Barquín abre la quinta bota de manzanilla 42, tomo conciencia de la situación. Su refresco, rojo tonto, está mediado, y un par de gotas aburridas no saben si subirse o bajarse por el vidrio. Tiene delante un platillo de tomate raf, aún prematuro, y unos chips de berenjenas, porque de todo ha de haber en el mundo. No parece necesitar conversación. En cuanto a mí, más que conversación necesito fuego. Pero exigiendo a mis sinapsis que imiten el pino puente tan gracioso que hace el borracho con su rodilla y dos dedos, me armo de valor y le digo:

- Hummmm…, querido Raimundo. ¡Vaya festín gastronómico que te estás dando!

Me mira. Fijamente. Pero sin intención. No te recomiendo la experiencia. Una mirada sin intención… Como si te mirara un trozo de tofu. Una mirada sin intención te complica la vida, porque empiezas a pensar de inmediato en el extraño proceso mediante el que la materia adquirió conciencia. Por suerte, Raimundo ha empezado a hablar.

- Ah, la gastronomía. La Gastronomía murió exactamente en el año 2010.

- Vaya, -me crezco, satisfecho, a punto de entregarme a esa radical falta de piedad tan propia de los instantes felices–: ¡la vieja confusión…!

- ¿Qué confusión? -contesta Raimundo, como en playblack.

- ¿No estarás confundiendo, como esos viejecitos, los apocalipsis personales con los colectivos?

Raimundo sigue mirándome. Hasta que vuelve la cara hacia el plato de berenjenas, toma con los dedos un trozo y lo traga como una eucaristía antigua, sin ofender a Dios. En el FM no se mueve una mosca. Les dejaremos ahí inmóviles durante una semana.

Sigue con salud

A.

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