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La pelea del padre de Irune: su hija falleció arrollada, él quiere soterrar 433 estaciones de tren

Gonzalo y su hija Irune. CRÓNICA

A su hija la arrolló un convoy de mercancías y la mató. Desde ese día, Gonzalo no ha parado de luchar desde el blog Stop Arrollamientos’

Más de 300.000 españoles ya se han unido a la petición de este padre para que desaparezcan los pasos al aire en vías.

Es martes, 5 de septiembre de 2017. Camina Gonzalo -cabello oscuro, ojos claros-, junto a su mujer Itziar (Itzi), por un monte de los alrededores de Arrigorriaga, en Vizcaya. Cae la tarde y mientras suben el cerro van recogiendo pequeñas flores silvestres. Paran al llegar ante un frondoso árbol. Dejan al pie las flores. En el mismo lugar en el que depositaron las cenizas de Irune. Hace un año que ese paseo se ha convertido casi en rutina. Desde que la Ertzaintza llegó a su puerta para informarles de que su hija había fallecido.

Pero la muerte de Irune no fue un punto final. Al contrario. Ha sido el inicio de una lucha. Una pugna que han cargado a rastras los padres de la joven durante 365 días. Porque el suyo no fue un accidente por imprudencia, defiende siempre Gonzalo. Al menos no por imprudencia de la víctima. Sí de las empresas y autoridades implicadas. Un tren de mercancías la arrolló en una estación con las mínimas condiciones de seguridad. Por eso hoy Gonzalo Faustmann exige justicia para su alaba (hija en euskera). Y cambios, para que su historia no se vuelva a repetir.

«Lo nuestro ha tenido trascendencia por la pelea», enarbola el padre de 56 años. Atiende a Crónica el día en el que se cumple un año de la muerte de su hija. Tras visitar el sitio donde depositaron sus cenizas. El caso de la joven vasca no ha quedado enterrado en el olvido -como tantos otros accidentes similares- por el esfuerzo incansable de su aita Gonzalo. Él es la cara visible, pero Itzi está también muy involucrada. Él, que se describe como un hombre tranquilo al que nunca le ha gustado la atención, ha tenido que salir a la palestra por la «obligación moral» que tiene con las posibles futuras víctimas.

Estaciones como la de Areta (en el municipio alavés de Llodio), donde pereció Irune, hay muchas. En total, 443 en toda España. Son terminales olvidadas en las que los viajeros tienen que atravesar las vías para acceder al tren o salir a la calle. Pasos con escasas medidas de seguridad. En los últimos 10 años, 46 personas han fallecido en estaciones de este tipo. «Son datos del Ministerio de Fomento», puntualiza Gonzalo. Información que este año ha salido a la luz a raíz de preguntas presentadas en el Senado por, entre otros, el senador del PNV José María Cazalis.

Un blog terapia

El padre de Irune empezó en julio de este año el blog ‘Stop Arrollamientos’ para dar cuenta puntual de toda su lucha. «Ha sido también un poquitín como terapia», confiesa. Además, a inicios de agosto de este año lanzó una petición en change.org: en un mes han firmado más de 300.000 personas que reclaman, entre otras cosas, cambios en la legislación ferroviaria. Pero sobre todo el soterramiento de los 443 pasos entre andenes de estaciones como la de Areta.

El día del fatídico accidente la familia Faustmann acababa de regresar de unos días de vacaciones en Menorca. En pocos días, Irune iba a empezar segundo de Bellas Artes. A su padre le gustaba pintar. A las 17.00 horas, la joven de 19 años partió de casa rumbo a Orozko. La última palabra que le dijo a Gonzalo fue: «Suerte».

La joven se bajó del tren en la estación de Areta, que corresponde a la línea C3 de Bilbao en la que opera Renfe. Una terminal a cielo abierto custodiada por una vieja casona de piedra. Irune esperó, junto a otras siete personas, a que el tren de cercanías que acababa de dejarlos en el andén emprendiera la marcha. El indicativo del apeadero contrario marcaba que faltaban ocho minutos para la llegada del siguiente. Entonces, uno a uno, con Irune a la cabeza, cruzaron por el único paso -sobre las vías- que había para salir de la estación. El convoy de mercancías de Comsa (una locomotora con 18 vagones) que pasó no le dio ni tiempo a reaccionar. Era imposible verlo por el trazado en curva de las vías en ese punto.

No sonó aviso alguno por la megafonía. Ninguno de los testigos lo escuchó. Tampoco el novio de la muchacha que la esperaba fuera de la estación. No había barreras, ni un semáforo, mucho menos un vigilante para controlar el paso de los viajeros. Sólo un pequeño letrero en color rojo -apenas perceptible-, con letras blancas en las que se lee: «Cuidado al cruzar. Trenes circulando en ambos sentidos». Lo único que manda la normativa ferroviaria. La joven tampoco llevaba cascos (sus audífonos estaban en el bolso) ni estaba hablando por el móvil…

Otros casos similares

Gonzalo reconoce que tras el accidente «estaba completamente hundido». La voz se le entrecorta. Por unos instantes se queda en silencio. Continúa su relato: «Me tumbaba en el sofá, cogía el mando a distancia y cambiaba de canal sin ver nada durante horas…». Así fueron pasando los días. Hasta que Itzi, que se había puesto a investigar sobre accidentes como el de su hija, le habló del fallecimiento de una mujer joven en la estación de Anoeta en 2013. Entonces su mujer le dijo: «Si los familiares de víctimas anteriores hubiesen hecho algo, igual Irune estaría viva hoy». Eso le hizo pensar mucho a Gonzalo. Y se puso las pilas.

«Que ninguna familia más tenga que pasar por lo que hemos pasado nosotros ante la pérdida de nuestra hija por un arrollamiento que podía haberse evitado», reza contundente la petición colgada en change.org.

A la muerte en la estación de Anoeta de 2013 se suma otra, en el mismo lugar, de un hombre de 60 años un año antes. Gonzalo conoce más casos. El de una joven que no puede pagar los 8.000 euros que le exigen para iniciar un peritaje como parte de las investigaciones de la muerte de su hermano -en circunstancias similares a la de Irune- ocurrida hace seis meses. El de una mujer en silla de ruedas que se quedó atrapada en el paso entre vías en otra estación…

Y no ha sido fácil el camino para este padre coraje. Su desigual lucha contra Comsa, Renfe y Adif y el Ministerio de Fomento -a quienes dirige su petición y los señala como culpables en un vídeo- ha estado plagada de obstáculos. De las empresas ferroviarias no ha recibido «ni el pésame». Ni a él ni a su esposa les han dado la atención integral que manda el Real Decreto 627/2014 de 18 julio.

Tampoco han podido acceder al Seguro Obligatorio de Viajeros porque los implicados consideran que el «incidente» (como lo llama la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios) fue resultado de una imprudencia de la víctima. En el informe de Adif sólo constan datos de las demoras que el accidente ocasionó y los costos por la limpieza de la locomotora. «El viajero les importa un pimiento», denuncia Gonzalo. Está indignado. De la información de las cajas negras nada se sabe.

2,4 millones

Pese a las trabas y el malestar generado, la pelea de Gonzalo e Itzi ha tenido poco eco. Adif acaba de anunciar que invertirá 2,4 millones de euros para mejorar la accesibilidad de la estación de Areta. Sin embargo, para el aita de Irune no es una solución. «Faltan 442», recalca. Dice también que están cansados. Que ellos han sido «la chispa» y ahora les toca a los partidos políticos.

- ¿Cómo era Irune? -le preguntamos.

- Era maravillosa y le iba muy bien. Estaba estudiando inglés y acababa de sacarse el carné de conducir. Tenía talento. Dentro de poco iba a pintar mejor que yo [le gustaba retratar a chicas con ojos grandes como Margaret Keane]. Era inteligente, muy guapa… Sobre todo, buenísima persona.

Sólo cuando la recuerda, el tono de su voz se suaviza.

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