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La impresora de Rufián también es española

Rufián se lleva una impresora al Congreso y pide al Gobierno que “deje de perseguir” el referéndum Vídeo: ATLAS / Foto: BERNARDO DÍAZ

Todos los septiembres, en la vuelta al cole, cada niño acostumbra a traer a clase una rutilante adquisición con la que fardar: un forro fluorescente, un boli bicolor, unas Nike con cámara de aire. Gaby Rufián trajo una impresora. Sí: la secesión ya es una manualidad infantil. El problema es que la impresora, como me apuntó el diputado Jordi Roca -uno de los Otros Catalanes-, es propiedad del Reino de España, porque Gaby la había cogido del despacho. La metáfora es elocuente: incluso los materiales que usa el separatismo pertenecen a todos los españoles, empezando por el material genético. Se lo explicaba con escandalosa sencillez Pla a Soler Serrano: “El catalán es alguien que se ha pasado toda la vida siendo un español al cien por cien y le han dicho que tiene que ser otra cosa”.

Lo que necesitaría el castizo Rufián, además de sentido de la vergüenza, es una impresora en 3D para imprimir su propio Estado cómodamente en casa, que en la Europa del siglo XXI será la única manera de independizarse. “¡Dejen de hacer el ridículo!”, exclamaba Rufián a la bancada del Gobierno con la impresora en la mano, en un ejercicio asombroso de autoproyección. Sáenz de Santamaría no iba a desaprovechar semejante oportunidad. Abusó, por decirlo en jerga escolar: “Esta democracia que tanto le asfixia le permite hasta sus teatrillos y sus antologías de tuits semanales, mientras lo que vimos en el Parlament fue un ejercicio de tiranía que nadie puede defender”. Claro que la eficacia de la pedagogía al final depende de las entendederas del niño.

La oposición, en todo caso, no se encuentra a gusto en el asunto catalán. El PSOE porque ha comprometido su apoyo y Cataluña le achica el espacio dialéctico. Tampoco disimula mucho la grima que le da coincidir con el PP así sea para defender la unidad y la Constitución. Por eso Margarita Robles acusó a Rajoy de escudarse en Cataluña para no hablar de la economía, cosa sorprendente, porque don Mariano preferiría seguir durmiendo a sus señorías con espesos recitados de cifras macro, como antes del golpe. Doña Margarita debería escuchar a Patxi López, que en los pasillos reivindicaba a los alcaldes socialistas, que son los que están soportando los destructivos efectos de la “batasunización” -Patxi dixit- de la política catalana.

Tampoco a Podemos le apetece hablar de Cataluña, sobre todo porque Iglesias primero tiene que decidir si ese día está a favor o en contra de la ley, algo siempre delicado para un candidato a presidente del Gobierno. Así que don Pablo eligió la zona de confort del rescate bancario. Y ahí lleva razón, porque el coste para el contribuyente no deja de ser indignante. La prueba es que el propio Banco Central Europeo ingenió un mecanismo alternativo de rescate privado que le facilitó por ejemplo al Santander fagocitar el Popular, con su ricino de deudas. Rajoy contestó evocando el terrorífico fantasma de la quiebra.

En cuanto a Rivera, que bien puede presumir de posición en lo tocante al desafío catalán, se empeña además en marcar perfil propio invocando una reforma constitucional a la que Rajoy no se niega, pero tampoco le vuelve loco. Exhibió un argumento netamente marianista para justificarse: “Cuando todo el mundo corre en dirección opuesta a la razón, lo mejor es quedarse quieto”. La política vendrá después, y en ese momento la capacidad de consenso de Ciudadanos jugará un papel necesario. Si es que hay genuina disposición y más juristas que naciones en la mesa.

Me pregunto qué estará imprimiendo Rufián ahora. Me pregunto de qué sería capaz con una fotocopiadora. El lugar del que no se vuelve no es la República Catalana, sino el superpoblado país del ridículo.

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