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La gran metamorfosis de La Meca

Imagen del artista Ahmed Mater, con La Meca rodeada de grúas. AHMED MATER.

Durante estos días, los fieles acuden en peregrinación hasta la ciudad sagrada del islam

El artista reflexiona sobre la “violencia” del ladrillo en una urbe plena de exilios

Dos millones de almas, llegadas de los rincones más recónditos del planeta, deslizan estos días su sandalias por la Kaaba, el santuario más sagrado del islam. El “hajj”, la peregrinación a los lugares santos de La Meca, es un periplo que los musulmanes deben emprender al menos una vez en la vida. Un antiguo páramo pagano donde, según el Corán, Mahoma predicó por primera vez el credo que hoy profesan 1.800 millones de fieles.

Si el profeta levantara la cabeza, le costaría reconocer el idolatrado enclave, al que sólo pueden acceder los musulmanes. Una salvaje metamorfosis se ha producido en los últimos años, urdida por las grúas que aún transfiguran su paisaje. “Me sorprende que, para mucha gente en todo el planeta, La Meca sea sinónimo únicamente de rascacielos imposibles, una amenazante torre del reloj y una constelación de grúas”, relata a EL MUNDO Ahmed Mater, un fotógrafo saudí que ha dedicado la última década a captar la vertiginosa transformación del kilómetro cero del islam.

“¿Qué le sucede a una identidad cargada de simbolismo cuando su parte física es alterada más allá del reconocimiento? Ese contraste es lo que más me interesaba. ¿Cómo algo puede permanecer robusto para la historia y la religión cuando es físicamente borrado y desfigurado?”, murmura este médico que cambió el quirófano por una cámara. Con ella ha hollado los recovecos menos transitados de La Meca para reunir en un libro más de 600 instantáneas de un remozado con el que han florecido exclusivos hoteles de cinco estrellas con vistas a la Gran Mezquita, gigantescos centros comerciales con las firmas de moda más lujosas, paseos a varios niveles y autopistas de 10 carriles. “El ‘antes’ es algo que no puedes localizar en La Meca. La he visitado durante los últimos 10 años y nunca estaba igual. He recopilado muchas historias y recuerdos de vidas que habitaban barrios que han sido destruidos y comunidades que han sido dispersadas. Mi objetivo era expresar una cacofonía de vivencias”, rememora este cronista a propósito del cambio de piel.

Una expansión desbocada a la que la monarquía saudí ha destinado miles de millones de euros que ha arrasado poblaciones enteras, encaramadas en los cerros cercanos. “El barrio de Al Shamia era un símbolo. Ya ha desaparecido pero mientras existió eran ruidosas capas de historia con comunidades que vivían unas encima de otras. Estaba ubicado en un terreno desde donde se podía contemplar toda la ciudad y sentir el caos y el dinamismo de La Meca”.

Una urbe de 1,6 millones de habitantes que duplica anualmente su población para albergar a quienes buscan cumplir con uno de los cinco pilares del islam. “La población crece y disminuye durante el año. Alrededor de esa afluencia la ciudad se transforma. Para muchos de los que viven allí de manera permanente, sobre todo los trabajadores y los inmigrantes, su experiencia está llena de contradicciones. Hay un profundo honor asociado a habitar la ciudad más sagrada del islam pero la realidad cotidiana resulta muy difícil”. Los fotogramas de Mater registran precisamente una de las aristas más desconocidas de La Meca, el abismo que proyectan los campos de barracones donde se hacina el ejército de extranjeros -en su mayoría asiáticos- enrolados en la construcción de la nueva villa y los arrabales donde sobreviven los musulmanes birmanos, condenados a ser indocumentados y parias.

“Son historias de migración y exilio que han sido pasadas por alto. Eran testimonios que tenía que contar”, esboza el otrora galeno, testigo del episodio más negro de la historia reciente de la peregrinación, la muerte en 2015 de más de 2.400 peregrinos en una estampida vagamente esclarecida. Su obsesión -la mutación de lugar, tan multitudinaria como la procesión de creyentes de esta semana- suscita en el fotógrafo una amarga reflexión acerca de la “violencia” del ladrillo. “Siento que hay violencia en el ritmo del cambio. La intensa metamorfosis significa que su identidad está siendo dilapidada, reducida a escombros. Lo que se construye resulta inestable y carece de fundamentos históricos sólidos. La erradicación de la historia se produce a medida que los edificios antiguos son derribados. Toda la razón de ser de La Meca está siendo transformada violentamente en algo desconocido“, arguye Mater, autor de una narrativa alternativa a la oficial que no ha sido publicada hasta la fecha intramuros de Arabia Saudí. Sus palabras, de hecho, son un desafío a la política de la familia real, que se ha atribuido la responsabilidad de la custodia de los lugares santos y cuya legitimidad está íntimamente ligada al sino de este icónico terruño.

Un imparable ejercicio de desmemoria y lujo desmedido que Mater contrasta con la simplicidad y la igualdad que deben marcar la peregrinación. “Los edificios de lujo que se han levantado son síntomas, no causas”, advierte el artista desde su estudio en Yeda, una ciudad saudí a orillas del mar Rojo que presume de ser la más abierta y moderna de las urbes de un reino ultraconservador atrapado entre los pliegues del pasado. “Me siento incapaz de predecir el destino de La Meca. Todo lo que puedo decir es que su historia me ha abrumado durante años. En circunstancias efímeras, documentar lo que sucedía se volvió algo compulsivo. Yo solo me dediqué a observar”, concluye.

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