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Hombres en la valla

La escena se repite, semejante a sí misma, desde que el hombre es hombre. Un grupo de seres humanos maniobra al amparo de las sombras para sorprender a otro grupo de seres humanos. Los segundos se parapetan tras una valla: podría ser una trinchera, una muralla, una empalizada, un foso o cualquier otro de los ingenios con los que los hombres han intentado, a lo largo de la Historia, impedir el paso de otros hombres. Los otros, los que quieren pasar, tienen, como sus predecesores en esa vieja tentativa, una estrategia para sorprenderlos.

Lo de menos, en ese instante en que el asalto es inminente, cuando los que aspiran a traspasar la barrera ya saben que no hay marcha atrás, y los que la forman y defienden ven a sus oponentes echárseles encima, es la razón por la que unos y otros han asumido su papel. Son tantas las posibilidades, tan dispares los motivos que llevan a alguien a querer forzar la resistencia de otro, y a éste a mantenerla con la determinación de no ceder… Muchos de los que se lanzaron un día contra las líneas enemigas lo hicieron por codicia u odio, algunos por miedo y otros porque no les dejaron más remedio que hacerlo. Y entre quienes alguna vez se aprestaron a defender una posición también hubo de todo: por amor a lo propio, por orgullo, o por recelo ante lo que representaban los hombres que venían de una tierra desconocida y aspiraban a hacerse un hueco en la suya.

En ese momento de medirse las fuerzas, no obstante, las razones quedan a un lado. Los hombres que quieren pasar esta noche lo hacen empujados por la desesperación. Los que se les oponen y defienden la valla, en cambio, están ahí por motivos menos perentorios. Se atienen a unos reglamentos y unas leyes que delimitan territorios, establecen competencias y estipulan procedimientos: todo bastante abstracto e impersonal, pálidos argumentos frente al imperativo categórico que enardece y espolea a los asaltantes, superiores además en número. Y sin embargo, a la hora del choque, cuando se decide la suerte de unos y otros, el duelo los vuelve a todos igualmente primarios. La adrenalina de la confrontación física, la pulsión de vencer, el pundonor y la rabia se sobreponen a toda otra consideración.

Luego se harán relatos que tratarán de endulzar la actuación de unos y otros. Pero los asaltantes quieren forzar el perímetro defensivo, y no se andarán con medias tintas: extremarán los riesgos, la violencia, la añagaza, cualquier baza que les permita el triunfo que los mueve, pasar al otro lado. Así ha sido siempre y así lo admiten desde siempre las leyes de la guerra. Y los defensores, acatado el deber de preservar la línea, y sabedores de que quienes tienen enfrente van a echar el resto, harán por cortarles el paso, sin apenas tiempo de reacción y desde su inferioridad numérica, con todo lo que tienen. La alternativa no se contempla, porque no es otra que dejarse desbordar, lo que, amén de la indeseable humillación, invitaría a que otros vinieran a desbordarlos la noche siguiente, y todas las sucesivas.

Los asaltantes se echan al agua, tratando de desbaratar por el empuje de la masa atacante y el peligro en que ellos mismos se ponen (la mayoría no saben nadar, y dependen de flotadores precarios) la defensa de los hombres de la valla. Éstos echan mano de sus armas: disparan pelotas de goma, botes de humo, salvas de fogueo. Alguno de ellos, alguna noche anterior, bien puede haber estado a punto de morir atropellado: con ese recuerdo, y sin un protocolo que permita racionalizar la avalancha, ha de enfrentarse a cientos de hombres que se le vienen encima. Los acontecimientos, en algún momento, se descontrolan.

En medio del caos, mueren hombres. Alguna ley no se observa escrupulosamente. Todo lo juzgará, luego, alguien que nunca asaltó ni defendió una valla, en mitad de la noche.

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