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El futuro del Brexit menos malo

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, llega a la Cumbre del Brexit de Bruselas. PHILIPPE LOPEZAFP

El Acuerdo de salida del Reino Unido de la Unión Europea es un cambio de rumbo radical en sus vínculos desde hace medio siglo

Los 27 aprueban el acuerdo del Brexit

Más que un desafío político que se pueda resolver con un acuerdo diplomático como el alcanzado este domingo en Bruselas, el Brexit es un cambio de rumbo radical en los vínculos que han unido durante medio siglo a británicos y resto de europeos que tardará años o generaciones en concretarse.

Si es aprobado por la Cámara de los Comunes, la transición acordada de dos años -hasta el 31 de diciembre de 2020-, con posibles prórrogas, reduce el riesgo de colisiones y naufragio, pero deja abiertos casi todos los ámbitos de la relación a lo que se haga y deshaga a partir de 2019, que dependerá tanto o más de la voluntad de quienes gobiernen en Londres y en las demás capitales europeas que de los textos aprobados.

Tras año y medio de negociaciones, el Reino Unido ha obtenido garantías de una relación futura privilegiada, una transición flexible y una desconexión gradual y blanda de la UE que le permite preservar, según avance la partida, parte de la influencia conseguida en Europa por los británicos desde su ingreso en la entonces CEE hace 45 años.

Para los que vendieron el Brexit como el retorno a la Gran Bretaña global, ni el texto aprobado por el Gobierno de Theresa May el 14 de noviembre ni ningún otro iban a ser suficiente, pues prometieron sueños basados en falsedades y mitos.

Como el fallido intento de recuperar el control del canal de Suez en 1956 por Anthony Eden, el acuerdo de retirada y la declaración aprobados ayer por el Reino Unido y los 27 socios de la UE en Bruselas son un espejo del nuevo equilibrio de fuerzas en Europa que, sólo si se rompe la unidad actual de la UE, volvería a favorecer al Reino Unido.

Campaña política de May

May no esperó al Consejo Europeo, un puro trámite superado el obstáculo de Gibraltar con las cartas aclaratorias del Consejo-Comisión y del Reino Unido sobre el futuro del Peñón, para lanzar la campaña política más importante de su carrera, que se dirimirá en las próximas dos semanas en Westminster.

Necesita 325 votos en el Parlamento, no los tiene y, si no los consigue en los próximos días, se multiplicará el riesgo de un vacío peligroso a partir del próximo 29 de marzo, salvo que se modifique in extremis la fecha oficial de retirada.

Ninguna de las alternativas -nuevo referéndum, elecciones anticipadas, parar el reloj, volver a pensar en el modelo canadiense o noruego…- garantiza, a priori, resultados mejores para ninguna de las partes que lo conseguido en las 585 páginas del detallado acuerdo de divorcio y en las 26 páginas de la declaración política: una lista no vinculante de objetivos y buenos deseos, en un lenguaje diplomático críptico, plagado de ambigüedades, sobre las relaciones futuras.

Sin un pacto previo entre las principales fuerzas británicas, un segundo referéndum, fuera cual fuera el resultado, seguramente agravaría las heridas abiertas por el del 23 de junio de 2016 y abriría nuevas fisuras en una sociedad ya seriamente dividida. Como advierte en el ‘Financial Times’ el liberal Andrew Duff, ex presidente de los federalistas europeos, “no sería más democrático que el primero” y, probablemente, “inflamaría a la extrema derecha en toda Europa”, pero hoy todo es posible.

La mejor baza, posiblemente, de May para evitar elecciones anticipadas es que hasta sus peores enemigos en el partido conservador prefieren lo que hay a un Gobierno laborista, dirigido por Jeremy Corbyn. Lo mismo puede decirse de los principales gobiernos europeos, de los empresarios británicos y de la mayor parte de los medios de comunicación. A ninguno les entusiasma la sucesora de David Cameron ni el plan acordado de retirada, pero se lo pensarán dos veces antes de cambiarla por Corbyn y, posiblemente, acaben aceptando sus argumentos a favor del plan, por endebles que sean.

Retirada y democracia

El viernes en BBC Radio 5 ante millones de oyentes y en una carta leída a la puerta del 10 de Downing Street, recurrió directamente al pueblo con la esperanza de que la presión ciudadana cambie el equilibrio de fuerzas en Westminster. “Estamos cumpliendo el mandato democrático del referéndum, es lo mejor que se puede conseguir y rechazarlo es entrar en un túnel de incertidumbre y caos”, dijo en la radio. En otras palabras: identifica el acuerdo de retirada con la democracia y lo defiende como mal menor. “Recuperamos el control de las fronteras, de nuestro dinero y de nuestras leyes”, dice en su carta. “Ponemos fin a la libertad de movimiento de las personas y nos salimos de programas que no nos interesan, como las Políticas Comunes de Agricultura (PAC) y pesca”.

¿Es democrático obligar al 48,1% que votó ‘no’ al Brexit -mayorías aplastantes en Escocia, Gibraltar y las grandes ciudades-, aunque las encuestas hoy den una mayoría a los que prefieren quedarse en la UE? ¿Qué fronteras recupera el Reino Unido si nunca entró en el espacio Schengen? ¿Qué dinero e independencia monetaria si no se incorporó al euro? ¿Tan fácil es olvidarse del “cheque” de Thatcher para compensar con creces el desequilibrio en subvenciones de la PAC respecto a franceses o alemanes?

Las últimas encuestas sobre intención de voto de YouGov/Times dan un 39% a los conservadores y un 36% a los laboristas -el 35% prefiere a May y sólo un 22% a Corbyn-, pero los indecisos superan el 38% y el batacazo de May en las últimas generales ha vacunado a los dos grandes partidos contra nuevos experimentos en las urnas mientras haya otras salidas.

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