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El depredador cazado

La Guardia Civil ha detenido a 27 personas en casi una veintena de...
La Guardia Civil incauta material con contenido de abusos sexuales a menores. EFE

Todo depredador suele actuar con ventaja sobre su presa. O es más fino de vista y olfato, o es más fuerte, o es más rápido, o es más astuto que ella. O todo a la vez. Depredar exige, por otra parte, trabajo, dedicación y afán. Estar siempre alerta. Mantener siempre viva el hambre de acechar, encontrar y cazar algo. Pero a la hora de la verdad, cuando el depredador se encuentra cara a cara con su víctima, en el mismo palmo de terreno, la historia ya está escrita de antemano y sólo se salda de una manera.

Hasta que el depredador, por un mal paso, cruza su camino con el de alguien que está preparado, pertrechado y dispuesto para cazarlo a él. En esa coyuntura, su hábito de ser superior lo expone de un modo clamoroso a acabar convertido en el trofeo de otro. Su costumbre de no adoptar otras precauciones que las necesarias para sorprender a un adversario inerme lo entrega a quien lo pone en su mira, y su historial repleto de victorias no conoce otro desenlace que la derrota más total y ominosa.

Nuestro depredador cumplía con todos los requisitos de su condición. Era hábil, era certero, le ponía ahínco. Gozaba sobre sus víctimas, siempre menores de edad, de la preeminencia que le conferían su mayor edad, su aguzada malicia o los estudios superiores que le habían abierto la puerta de la abogacía. Para que la operación resultara más fácil, y conociendo una debilidad común de los adolescentes, se parapetaba tras la imagen de una mujer muy atractiva, con la promesa de que ese bocado se les concedería a los jóvenes incautos a los que hacía objeto de sus asechanzas. Sólo tenían que hacer una cosa, les decía, con la voz fingida de semejante belleza: acceder antes, como prueba, a tener relaciones con su novio. O lo que es lo mismo: con él. Una trampa simple, pero eficaz. Hecha a medida de la presa.

Alrededor de cuarenta víctimas cayeron, en mayor o menor medida, en la red así tejida y desplegada. Al menos cuatro, que se haya podido probar de forma fehaciente, lo hicieron hasta el final, esto es, hasta acceder a encontrarse con él y permitirle consumar un intercambio que no se privó de grabar. Cabe temer que el éxito lo hubiera embriagado hasta el punto de tener en perspectiva la consumación de nuevos abusos, sobre aquellos con los que estaba en proceso de seducción, y respecto de los que guardaba inoportuna constancia en sus ordenadores, en forma de conversaciones a través de redes sociales. Quizá fuera esa euforia, ese deleite en su depredación, lo que le impidió ver que la táctica tenía un fallo: su impunidad dependía de que la vergüenza atenazara a los burlados, de que no creyeran tener nadie con quien desahogarse. Y he aquí que uno lo tuvo, en sus padres, que averiguaron, o él les confió, el engaño del que había sido objeto. Y que hicieron lo natural: poner una denuncia.

A partir de ese momento, los pasos del depredador tuvieron el testigo que menos le convenía. Los de una guardia civil de la unidad encargada de la protección de menores, ducha en todos los atajos, vericuetos y trampantojos por los que el depredador desarrollaba sus cacerías. Alguien que supo interponerse en su trayectoria sin dejar que él se percatara. Alguien que, sin mucho tardar, acabó poniéndole la trampa que pisó, sometido ahora él a esa humillación de la desventaja que tanto se había complacido en infligirles a otros. El depredador cazado no sólo vio cómo, a partir de esa denuncia singular, le quedaban al descubierto por decenas sus fechorías, de las que ahora le toca responder. Para que todo resulte más cuesta arriba, para él y para su abogado, hay miles de registros informáticos, de texto y de imagen, cuyo contenido es incriminatorio para él en un grado aplastante.

El mal hecho no puede repararse, o sólo muy despacio, con tiempo y psicólogos. Con todo, que los depredadores sepan que pueden ser ellos la presa ya es algo. No todos son valientes.

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