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EEUU prepara unas elecciones para olvidar

Nunca tantos le habrán debido tanto a tan pocos. Las negociaciones para la creación de una zona de libre comercio en el Océano Pacífico y otra en el Atlántico que afectaran en total a más de 1.400 millones de personas; las guerras de Siria e Irak; la situación en Ucrania; el futuro de una cuba postcastrista; la reducción de las emisiones de gases que provocan el ‘efecto invernadero’… Y el pistoletazo de salida para la precampaña a la Casa Blanca en 2016.

Todas esas cuestiones se van a ver afectadas por lo que los estadounidenses voten el martes 4 de noviembre, los comicios legislativos. El problema es que a los estadounidenses les preocupan tan poco esas elecciones que la inmensa mayoría no va a votar.

Algunos no van a ejercer ese derecho porque no les dejan, ya que los estados controlados por los republicano están restringiendo el derecho a voto de las minorías y de los grupos de ingresos más bajos, que suelen votar demócrata. Pero, la inmensa mayoría, no van a ejercer su derecho al voto porque ‘pasa’. Éstas son unas elecciones para olvidar. De hecho, parece que la opinión pública ya las ha olvidado antes de que sucedan.

Un ejemplo: en California viven 38 millones de personas, de las que 24 millones pueden votar. Pero solo unos 18 millones de ellas están registrados para ejercer su derecho, o lo harán de aquí a las elecciones. Claro que no se espera que acudan a las elecciones más de 8 millones: un 25% menos que los que lo hicieron en 2010. Y eso que no se puede decir que los californianos se jueguen poco en estos comicios: eligen al Gobernador, a prácticamente todo el Ejecutivo y el Legislativo del estado, y a los 53 congresistas que les representan en la Cámara de Representantes de Washington.

Otro estado clave es Ohio, donde no se espera que la participación exceda el 40% en las elecciones que deben decidir la reelección del gobernador Ron Kasich que, a su vez, va a ser el punto de partida para su probable campaña presidencial como candidato republicano en 2016.

La indiferencia popular es más llamativa porque el gasto electoral en estos comicios se ha vuelto disparar. El Centro para una Política Responsable -una organización de Washington que fiscaliza la vida política estadounidense- estima que estos comicios van a costar 2.850 millones de euros (3.600 millones de dólares).

El 75% será gastado por los propios candidatos y partidos. Los otros 715 millones de euros por organizaciones ajenas a la política, que crean los llamados ‘SuperPAC’, es decir, ‘Super Comités de Acción Política’, según sus siglas inglesas. A día de hoy, hay 1.228 de esas organizaciones, que pagan anuncios para defender o atacar -estos último es más común- al programa político de un candidato. Técnicamente son independientes de la organización de cada político y no apoyan a nadie. En la práctica, son la ‘quinta columna’ de todo candidato.

Pero ¿por qué los estadounidenses ‘pasan’ olímpicamente de estas elecciones?

Hay muchos motivos. Uno es el hartazgo del país con su clase política. Como dijo el jueves pasado el candidato republicano a la Casa Blanca en 2008, John McCain, “a la gente no le gustan los republicanos y a la gente no le gusta Obama”. O sea, que no les gusta nadie. Los dos grandes fenómenos políticos de la última década se han desinflado. Obama ha decepcionado a los demócratas y a los independientes. El ‘Tea Party’ ha hecho lo mismo con el ala conservadora republicana.

El resultado es el vacío. Y el rechazo a la clase política. El simpatizante del ‘Tea Party’ y ‘número dos’ republicano en la Cámara de Representantes, Eric Cantor, no se presenta a estas elecciones porque perdió su primaria en mayo a manos de un desconocido profesor universitario, todavía más conservador que él, llamado Dave Brat. Esa primaria es un recordatorio de que el dinero no lo es todo. Cantor había gastado 39 veces más en su campaña que Brat, y perdió por nada menos que 12 puntos. Esta semana, el líder de los republicanos en el Senado, Mitch McConnell, se ha tenido que prestar a su propia campaña 1,8 millones de dólares para hacer frente a una demócrata apenas conocida, Alison Lundergan Grimes, que amenaza su escaño.

Hay otro problema para movilizar al votante: estas elecciones no tienen un tema claro. La situación de la economía, la educación, el sistema sanitario y el déficit público aparecen en las encuestas, casi igualados, como los principales temas que preocupan a los estadounidenses. Es difícil para los políticos crear un mensaje coherente con tal disparidad de problemas, al contrario que en otros comicios al Congreso en los que hubo grandes vuelcos políticos, como 2006, cuando se juzgaba la Guerra de Irak, o 2010, que los republicanos convirtieron en un devastador plebiscito sobre Barack Obama.

Así, el ciudadano de Estados Unidos pasa de puntillas sobre unas elecciones en las que decidirá desde su senador hasta el ‘sheriff’ del condado o el juez de paz de su pueblo. La histeria del ébola o la liga de fútbol son temas mucho más interesantes que decidir quién va a representarle a uno en Washington.

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