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Baby Camorra: cómo los niños asesinos se hicieron con el control de la mafia napolitana

Foto de una delas bandas de menores de Nápoles, publicada en Facebook. CORRIERE DELLA SERA

El periodista David Beriain se adentra en los clanes de menores que siembran el terror en Nápoles en la nueva entrega de ‘Clandestino’, en DMAX

Saviano: “Los adolescentes que ahora entran en la Camorra llegan con el propósito vital de violar todos los códigos”

Cuenta el escritor napolitano Roberto Saviano que cuando el capo de la camorra Emanuele Sibillo cumplió 18 años sopló las velas en una tarta que tenía la forma de un Rolex y colgó después un mensaje en Facebook que decía: «Celebradme mucho, que a los 21 no creo que llegue». Antes de cumplir los 20 un francotirador le pegó un tiro por la espalda en el centro histórico de Nápoles. Le había dado tiempo a casarse, a tener dos hijos y a alcanzar la cima de uno de los clanes más peligrosos de la mafia de la región de Campania. Con 15 años le detuvieron por primera vez.

Sibillo, dicen, fue uno de los primeros capos virales. Sus vídeos en YouTube acumulan aún hoy cientos de miles de seguidores, incluido el de su agónica llegada en brazos de sus secuaces al hospital Loreto Mare, donde murió. Y su imagen, con una característica cresta en la cabeza, una barba yihadista y unas gafas de pasta negra, aún se venera en las calles como si fuera San Jenaro. Los niños se disfrazan de él en Carnaval. Al fin y al cabo ES17 (así era conocido) fue el jefe de la llamada paranza, término italiano que alude a una fritura de pescaditos, y que se utilizaba para hablar de los clanes liderados por críos casi sin edad para comprar alcohol en una gasolinera. Saviano hablaba de La paranza dei bambini en su último libro (La banda de los niños). El periodista David Beriain los bautiza como la Baby Camorra.

El próximo miércoles DMAX estrena el segundo episodio de la nueva temporada de Clandestino, centrada ahora en la realidad más dura del crimen organizado. Por primera vez, Beriain ha rodado en las calles de Europa, en el barrio de Scampia, al norte de Nápoles, el corazón de esta mafia millennial.

«Es realmente esquizofrénico estar en una ciudad en la que te puedes comer la mejor pizza del mundo, donde van tus amigos de vacaciones, y que a la vuelta de la esquina te vendan un kalashnikov o una ametralladora y los miembros de la camorra te expliquen cómo el asesinato es fundamental para escalar en la organización», explica Beriain. «Nápoles es capaz de mostrar la belleza más increíble y a la vez tener la muerte en el corazón».

En Scampia las cifras del paro superan el 50%. El barrio se construyó en los 60 sobre siete bloques de apartamentos para albergar a entre 40.000 y 70.000 personas. Tras el terremoto de 1980 en el sur de Italia, miles de desplazados se trasladaron allí. Tres de los siete bloques han sido demolidos, pero unas 40.000 personas aún viven en esos apartamentos parapetados tras unas chapas metálicas que permiten a los narcos moverse a sus anchas. Aquí no hay cines, ni jardines, ni parques infantiles.

En ese particular infierno se ha adentrado el equipo de Clandestino para conocer a los nuevos jefes de la mafia napolitana.

«¿A cuánta gente hay que matar para llegar a un poder como el que tiene usted?», pregunta Beriain a uno de esos baby bosses.

«A todos», responde el chaval abriéndose un hueco en el pasamontañas para poder vocalizar. «Si tienes delante a 20, hay que matar a los 20. Yo mando en Nápoles porque he abierto el fuego, porque maté a quien había que matar. Por eso soy el number one».

Luego el crío se quita la chaqueta del chándal, pide al cámara que no saque los tatuajes de su brazo derecho y se saca una pistola de los calzoncillos para acomodarse en el sofá. «¿Tienes miedo?», le pregunta al periodista.

Maurizio Prestieri fue uno de los grandes capos de la camorra; se la atribuyen alrededor de 30 asesinatos. Hoy colabora con la Justicia y vive en paradero desconocido. «El homicidio siempre ha sido necesario en la camorra», admite en el programa. La diferencia es que hoy los jóvenes no tienen códigos. Igual que los youtubers se saltaron las reglas del audiovisual o los jóvenes influencers las normas de la moda, estos capos millennials han reventado todos los patrones de la mafia. «La camorra actual no ayuda al pueblo, la camorra actual abusa del pueblo», dice Prestieri.

En las Navidades del año pasado, a Arturo, un estudiante de 17 años, le dieron 20 puñaladas y lo dejaron casi muerto en una de las calles principales de Nápoles. Fueron detenidos tres adolescentes de 15, 16 y 17 años. El cuarto responsable tenía 12. A uno de ellos le llamaban Il Nano (El Enano) porque apenas medía metro y medio. Fue él quien eligió a Arturo, un chico de 1,80 que pasaba por allí, para demostrar que él también era capaz de cargarse a un tío grande.

«Mi hijo fue víctima de esto que hoy se llama Baby Gang», cuenta la madre en DMAX. «Víctima de una violencia ciega, sin miramientos, insoportable, que demuestra su capacidad de afirmarse y delinquir sobre un sujeto más débil».

La mafia, más allá del crimen organizado, siempre fue una estructura de control social en Italia. «Era el Estado donde no llegaba el Estado», resume David Beriain. Esa realidad ha cambiado en las zonas más pobres del país. «Los códigos de complicidad ya no se ganan, se imponen por el miedo. Antes, cuando la gente tenía un problema, acudía al boss. Ahora no saben a qué atenerse. No hay estrategia política. Ellos te dicen que la política se hace en Roma, que en Nápoles lo que da dinero es la droga. Es un cortoplacismo más fuerte y esto aumenta la violencia y su espectacularidad. Cuando no hay códigos, todo se vuelve más peligroso».

Arturo fue acuchillado un día de compras antes de Navidad en pleno centro de Nápoles, la ciudad más poblada del sur de Italia. Nadie vio nada. «La gente no colabora porque tiene miedo y porque vive en un territorio de ilegalidad difusa, de ignorancia, en el que el mal es una alternativa económica porque delinquir puede ser muy ventajoso», lamenta la madre del chico.

Un gramo de cocaína en una esquina de Nápoles cuesta entre 65 y 70 euros. En una noche, con un par de puntos de venta, uno de estos baby capos puede ganar hasta 100.000 euros. Pueden vender unos cinco kilos a la semana, más de 15 millones de euros al año.

«En Scampia el modelo es el capo del clan que tiene un Ferrari, el capo que tiene un Lamborghini, el que puede gastarse 15.000 euros en una noche y abrir 43 botellas de champán rodeado de chicas», cuenta el periodista Simone di Meo en Clandestino. «Aquí ser un héroe significa ser normal… El verdadero ser excepcional es aquel que se despierta por la mañana e intenta ir a trabajar decentemente».

- ¿Qué alternativa tienen los niños en Nápoles?- preguntamos a Beriain.

- Es complicado. Italia es un microcosmos de Europa de manera extrema. La diferencia entre el norte y el sur es abismal y Nápoles es el sur profundo. Hay barrios de la ciudad en los que la sensación de marginalidad es muy fuerte. Y para muchos jóvenes, la camorra es lo que antes era Maradona: un dios. Algo que tiene todo lo que ellos nunca podrían tener.

La madre de aquel chico al que cosieron a navajazos en la calle sólo porque era alto es profesora universitaria. Ella dice que la única solución pasa por la educación. Por llegar a los chicos antes que la camorra y no por ese «puño de hierro» que promete el ministro Matteo Salvini, dispuesto a quitar la custodia a los padres de los nuevos camorristas.

Cuando a su hijo le preguntaron en el hospital qué quería de regalo en aquellas Navidades respondió que quería un chaleco antibalas.

Cuando David Beriain pregunta a uno de los baby capos de Nápoles cuántos años cree que va a vivir, éste le responde: «Esto es como si estuviera enfermo, como si tuviera un tumor. Me convenzo de ello porque sé que cualquier día voy a morir».

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